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2010/10/18

La mayor casualidad de la historia

ABC

Existen en la blogosfera grandes contadores de historias, autores capaces de rescatar las anécdotas más curiosas de la humanidad y documentarlas con todo tipo de datos, fotografías y archivos. El resultado son anotaciones tan completas e interesantes como la publicada hace tan sólo unas horas por Diego González en la bitácora Fronteras, explicando la coincidencia más grande de todos los tiempos. Merece la pena leerla con atención.
Para situarla en el espacio y el tiempo, nos tenemos que remontar a finales del siglo XIX en la isla de Northbrook, en las inmediaciones del Polo Norte, donde el noruego Fridtjof Nansen y el británico Frederick Jackson, protagonizaron su particular versión ártica del encuentro de Stanley y Livingstone tras varios meses perdidos y alejados cientos de kilómetros entre sí, en unas tierras completamente deshabitadas.
Pero pongámonos en antecedentes. Después de una intensa aventura que le convirtió en el primer hombre en atravesar Groelandia en 1888, Nansen había decidido liderar la primera expedición de la historia con el objetivo de alcanzar el Polo Norte. Para ello contó con la financiación del estado noruego y la ayuda de particulares, iniciando su empresa en junio de 1893, en el Puerto de Oslo, desde donde partió junto a otros doce aventureros seleccionados de medio mundo; entre ellos estaban Roald Amundsen, que veinte años después sería el primero en alcanzar el Polo Sur y Frederick Jackson, el otro protagonista de esta historia.
Básicamente el plan de Nansen consistía en acercar su buque, bautizado con el nombre de "Fram", hasta las inmediaciones del Polo Norte, y dejar que el famoso hielo a la deriva lo atrapara y lo acercara a la región más septentrional del planeta. Pero las cosas no salieron como se esperaban, y la ruta final dejó anclado al barco mucho más al sur de donde esperaban. Por ello el noruego decidió abandonarlo y seguir a pie junto a un compañero llamado Hjalmar Johansen.
Tras varios meses luchando contra condiciones climatológicas extremas, lo máximo que alcanzaron ambos hombres fue llegar a 86º 13′ de latitud norte el 7 de abril de 1895 y una vez allí decidieron abandonar su objetivo y dirigirse a la Tierra de Francisco José, que era un territorio más conocido. Su regreso fue muy lento y angosto, obligándose a realizar varias paradas en refugios temporales hasta que finalmente consiguieron alcanzar la isla Northbrook en junio de 1896.
En aquel pedazo de tierra deshabitado y en mitad de la nada, la mañana del 17 de junio, Nansen escuchó un ladrido y se apresuró a investigar de donde procedía. En la distancia pudo comprobar la silueta de un ser humano, que al acercarse tenía largo pelo y barba con un aspecto muy desaliñado. No había duda, se trataba de su abandonado compañero, el británico Frederick Jackson, que, tras ser rechazado por Nansen tres años antes, había organizado su propia expedición ártica de reconocimiento al archipiélago de Francisco José. No se esperen una gran frase para la posteridad: “Usted es Nansen, ¿no?”. El noruego respondió “Sí, soy Nansen”.

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